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SISTEMA CEREMONIAL
Observando las ceremonias religiosas yaqui, se puede
pensar que éstas se inspiran en principios cristianos,
siguiendo el ciclo litúrgico romano y de acuerdo
a los ritos introducidos por los misioneros jesuitas.
Sin embargo, analizando a fondo el sistema ceremonial
yaqui, se llega a conclusiones que distan base de las
obtenidas con un contacto superficial.
Tras un análisis comparativo del sistema ceremonial
en cuestión y del de los otros grupos yuto-azteca,
el antropólogo especialista en temas yaqui Edward
Spicer concluye que la verdadera religión yaqui
es una variedad del tipo que él nombra “yuto-azteca
central” para distinguirlo del tipo azteca del
sur y del shoshon del norte. Bajo esta denominación
de yuto-azteca central, agrupa Spicer cuatro variedades:
la huichol-coral, la tarahumara, la mayo-yaqui y la pima-tepehuana.
Las tres primeras variedades funcionan aún en
el noroeste de México.
Sol, luna y estrella de la tarde (Venus) constituyen
para los yuto-aztecas la triada quasi-divina que, unida
al resto de los astros, influye directamente sobre la
vida en la tierra y establece contacto con el mundo oculto
del más allá. Aún cuando entre los
yaqui no se hable más de los astros como de divinidades,
puede constatarse plenamente que su culto permanece vivo;
las antiguas ideas y creencias continúan latentes
bajo el ropaje católico.

Dentro del ceremonial yaqui en particular, la cuaresma
católica determina una división dual del
calendario ritual, que coincide con la división
estacional que se observa por ejemplo entre los huicholes,
o sea, la época seca de invierno y la de lluvias
en verano. El contraste temático entre época
cuaresmal y época cuaresmal lo señala un
conjunto complejo de elementos antípodas.
Cristo es la figura central de los ritos cuaresmales.
María adquiere su mayor relevancia en los no cuaresmales
(división sexual) durante la cuaresma el grupo
de los fariseos, conocido como la costumbre, juega el
papel más importante. Sus miembros representan
a los personajes que intervinieron en la pasión
de Cristo: fariseos, soldados romanos, Pilatos, el propio
Jesucristo (éste sólo en Semana Santa),
a los que se suman un tamborilero (tambulero o tampaleo),
un flautista (lautero) y un cuerpo de vigilancia con
grados militares para proteger el orden.

Contrastando con la importancia de todos estos personajes
masculinos, las tres Marías-la madre de Jesús,
María Magdalena Y María, la mujer del Cleofás,
asumen un papel evidentemente secundario en torno a la
figura de Cristo.
Todos los miembros de la costumbre lo son por promesa
o manda hecha por tres años consecutivos cuando
menos y algunos de por vida. El sacrificio que se supone,
por ejemplo, llevar una máscara de cuero que cubre
toda la cabeza y no hablar durante todos los actos cuaresmales,
como en el caso de los fariseos, o dormir cuarenta noches
de invierno en chozas improvisadas, si se es miembro
de la guardia militar, o no ingerir carne ni bebidas
embriagantes, o abstenerse de relaciones sexuales durante
la cuaresma, da una idea de la austeridad del ceremonial
en esta época del año.
Esta austeridad impuesta en época invernal, seca,
y el predominio de figuras masculinas, establecen un
paralelo entre esta ceremonia y el de estos grupos yuto-aztecas,
que realizan también ritos de carácter
semejante dedicados al sol, personajes masculinos y central
con rasgos de divinidad.

La sombría época cuaresmal, con todas sus
implicaciones, se cierra para los yaqui el sábado
de gloria -no el domingo- con la resurrección
del Señor.
La clausura se inicia por la mañana, cuando sacan
a pesar a un monigote de paja montado sobre un asno:
el judas, depositario de todas las culpas de la pasión
y blanco de escarnio. Tras el paseo, el judas es desmontado
y puesto en pie frente al templo. Las máscaras
de los fariseos lo rodean para formar con él la
pira en que deberá arder y consumirse el mal.
Tras la “quema del judas” se inicia la nueva época
llena de vida, flores, alegría, abundancia, que
abarca el resto del año hasta la siguiente cuaresma.

Este segundo período establece el reinado de
la magna mater -llámese María, la tierra,
la germinación o la fertilidad- simbolizada en
las flores cuyos pétalos son lanzados al aire
y esparcidos por el suelo en la liturgia del sábado
de gloria. A partir de ese momento son suprimidos los
tabúes, esto es, se permite ingerir carne y bebidas
embriagantes, se legitiman las relaciones sexuales, se
toca y se danza música, se organizan las fiestas
para difuntos, que se habían postergado. Los danzantes
matachines consagrados al culto d la virgen María,
su patrona bajo la devoción de la Loreta (Virgen
de Loreto), reanudan su interrumpida actividad.
IDEAS EN TORNO A LA MUERTE Y
LOS ESPÍRITUS
La fe de los yaqui en la existencia metafísica
no constituye de ninguna manera una innovación
cristiana dentro de su mundo conceptual. El pensamiento
religioso yaqui estuvo poblado desde antiguo de seres
espirituales en relación estrecha con el mundo
visible. Cada ente natural era concebido como dotado
de espíritu, de modo que fue un árbol el
que profetizó hechos futuros, fueron animales
los que les enseñaron a los yaqui a dominar la
naturaleza y los que, al conversar con los humanos, les
propusieron principios de conducta o los instruyeron
en las artes mágicas, la caza, etc. También
concibieron el alma humana en el contexto de ese mundo
espiritual. Pérez de Rivas consigna:
“Y los dos artículos fundamentales de nuestra
Fé, en particular, de que un dios y señor
crió todas las cosas; y el otro de la inmortalidad
del alma, les asentaban bien: que al fin con la lumbre
natural lo alcanzaron algunas gentes […] Y de
esas vislumbres tenían algunas los Hiaquis, principalmente
de la inmortalidad del alma”

Pero el concepto yaqui de la muerte y de la vida eterna
es diferente de la idea cristiana. por ejemplo, quien
muere durante la cuaresma no goza de las honras fúnebres
acostumbradas fuera de ese período. El difunto
recibe “solamente” los auxilios del sacerdote,
si lo hay, y la necesaria sepultura, pero debe esperarse
a que termine la cuaresma para que sus deudos le organicen
su “fiesta” con música, danza y borrachera.
Sólo entonces podrá encontrar su alma el
camino seguro que lo llevará hasta la casa del
padre viejo, del ´ITOM ´ACHAI.
Con las prédicas se fue modificando esta costumbre
hasta imponerse la práctica cristiana de enterrar
a los muertos en el camposanto, en torno a la iglesia,
pero persistiendo el uso de calzarlos con sandalias nuevas
y colocarles a un lado una jícara con agua para
el camino, lo cual es un claro indicio de que la vieja
creencia sobre la existencia de la casa del ´itom áchai
al final del camino prevalece, o mejor dicho, se confunde
con la idea cristiana del gozo eterno ante la presencia
divina.
Una fusión semejante de ideas se manifiesta en
el hecho mismo de enterrar los cuerpos junto al templo,
próximos a lo que los yaqui llaman “nuestra
madre”, significado con esta expresión tanto
a la Iglesia Católica, representada en el edificio
del templo, o bien a la Virgen María o a la madre
tierra.
El cielo yaqui puede entenderse como el feliz arribo
del espíritu a la morada donde lo esperan, con
el padre viejo, todos sus ancestros o hermanos mayores,
para la cual es menester una celebración festiva
por parte de los vivos para acompañar al difunto
en su alegría. El dolor de la separación
por la muerte de un ser querido jamás deberá manifestarse
en llanto, pues esto abatirá al espíritu
viajero y perdería el camino para convertirse
en un entorno itinerante, vagabundo solitario sin rumbo
fijo. Esta eternidad sombría podría considerarse
como el infierno yaqui.
Ni el gozo ni el sufrimiento post mortem se plantea
como consecuencia de los merecimientos individuales,
sino como resultado de la actitud de los vivos y de la
escrupulosidad en la celebración ritual de los
cantos, danzas y rezos que constituyen el ceremonial
de difuntos.
BIBLIOGRAFÍA:
Leticia T. Varela R. “LA MUSICA EN LA VIDA DE LOS YAQUIS”, Gobierno
del estado de Sonora, Secretaria de fomento educativo y cultura, 1986.
LOS CONTIS ó PROCESIONES
DE CUARESMA
Es tiempo de Cuaresma y en las diferentes
ramadas de los grupos yaquis establecidos en la ciudad
de Hermosillo el movimiento inicia desde la madrugada.
Es tiempo de rezar y representar una vez más el ritual de la
Pasión de Cristo.
Para enseñar la nueva religión a las tribus
indias, los misioneros jesuitas del siglo XVII se apoyaron
en representaciones teatrales, que resultaba más
fácil para comprender los nuevos conceptos del
Cristianismo, favorecía la participación
de todo el grupo y era uno de los métodos didácticos
que más utilizaba España en la época.
Aquellos que condenaron a Jesús están representados
por los fariseos o “Chapayecas” (“nariz
larga” en lengua yaqui). Visten con una cobija
a modo de arnés como los soldados romanos, cinturón
de cuero con colgantes de pezuña de puerco, tenabaris
o cascabeles enrollados en las pantorrillas y en sus
manos un cuchillo y una espada de madera pintados con
colores simbólicos. Les cubre la cabeza una máscara
hecha con cuero de animal y representando caras de judíos,
reyes, animales, payasos, etc. Esta máscara representa
el mal por lo que el fariseo se protege con un rosario
de cuentas de madera, del que introduce la cruz en su
boca, y una pañoleta de flores bajo el cuero de
la máscara .
Caminan en dos filas, de manera ordenada
y a modo de formación militar, encabezados por sus autoridades
(Pilatos, cabos, capitanes ...) y por el flautero y el
tambulero, que suenan el tambor y la flauta recordando
el lamento de la Virgen (flauta) y los golpes del martillo
al clavar las manos y pies de Jesús a la cruz
(tambor)
Todos los días son importantes para la oración,
el peregrinaje de la limosna y la disciplina, pero el
viernes todavía es más importante por la
realización de las procesiones o “Contis”.
El grupo de fariseos o chapayecas, precedidos por las
autoridades religiosas y dirigidos por el grupo de cantoras
que encabeza la procesión junto con las imágenes
y conjunto de niños vestidos de angelitos y verónicas,
van recorriendo las cruces que delimitan y marcan el
espacio sagrado.
En cada cruz una parada, unos rezos
y unos cantos. Son los mismos rezos y cantos que dejaron
los misioneros jesuitas en el siglo XVII, por lo que
muchos de esos cantos o “alabanzas” son recitados en latín. No importa que
el significado no se entienda, lo importante es continuar la “Costumbre” para
asegurar la supervivencia del grupo y del mundo en general.
El abanderado se encarga de ondear
la bandera roja cada vez que el grupo inicia o detiene
el movimiento. Cuando el Conti con las imágenes de las 3 Marías
(María la Madre de Jesús, María Magdalena y María,
la esposa de Cleofás), las cantoras y los niños, va despacio avanzando
hacia otra de las cruces clavadas en el suelo, los chapayecas estudian el suelo
por donde ha pasado la procesión. Con sus cuchillos y espadas de madera
raspan el suelo, buscan alrededor de la cruz, entrechocan sus espadas, mueven
negativamente sus cabezas cubiertas con las máscaras de cuero y enseguida
se dirigen hacia el grupo de autoridades que preceden la procesión. Se
detienen ante ellos, vuelven a chocar sus cuchillos y espadas y mueven sus caderas
con el cinturón. Es un lenguaje simbólico dónde están
comunicando a sus jefes que vieron las huellas de Jesús, ahí estaban
en el suelo, pero a él lo buscaron y no lo encontraron. Las autoridades
les hacen una seña y los fariseos se regresan a seguir buscando. Mientras
tanto, el grupo con las Marías, crucifijos y niños, avanzan a otra
cruz. Los fariseos buscarán y repetirán sus movimientos ante la
cruz que dejaron vacía. Es una representación coordinada, exacta,
donde cada parte conoce su papel y lo desempeña sin necesidad de palabras.
Al terminar la procesión, las imágenes se depositan sobre el pequeño
altar de la Ramada y ahí todos juntos, niños, cantoras, chapayecas
y autoridades, completan los rezos. El Conti ha terminado. Los fariseos realizan
su triple marcha en doble fila para finalizar la jornada, la gente que acudió al
Conti se despide y en la ramada de la cocina se inicia el trabajo para preparar
la cena.
Todos los viernes de Cuaresma se repite
este ritual en las diferentes ramadas, cada Conti con
sus variantes según el tipo de viernes que se celebre.
A medida que avanza la Cuaresma se van uniendo más número de fariseos.
Para la última semana ya se han juntado un buen número de ellos
y comenzarán los intrincados rituales de la Semana Mayor o Semana Santa,
después de la velación de San Ramos y de la bendición de
las palmas.
Ma. Inmaculada Puente Andrès
LUTISUC ASOCIACION CULTURAL I.A.P.
Artículo publicado en el periódico El Imparcial,
de la ciudad de Hermosillo, el viernes 25 de marzo de
2005
LA MUSICA DE CUARESMA: LOS CHAPAYECA
ORGANIZACIÓN JERARQUICA
DE LOS SERVIDORES ECLESIASTICOS
Actualmente, los Maestros de cada pueblo o comunidad
se organizan jerárquicamente en Maestro de capilla;
Temachtian o Scristán Mayor, también
llamado Maestro Yoowe; Maestros, Sacristanes o Temachtianes
a secas (empleándose indistintamente cualquiera
de los tres términos) ,y Aprendices.
“ El Temastimol (Temachtian) o Sacristán
Mayor es el que tiene las llaves de la iglesia; es como
San Pedro –aclara el Maestro Buitimea. El debe
saber todo lo que corresponde a los Maestros, porque
si no asisten debe suplirlos. También es el que
toca la campanita junto al altar para indicar que ya
el Maestro celebrante debe comenzar con el introito de
la misa. El Temastimol permanece junto al altar todo
el tiempo. Es el que manda todo ene la iglesia. El Maestro
de Capilla es el mayor de todos los Maestros. Estos son
los que dicen las misas”.
Entrevista al maestro Jesús Buitimea, 9 febrero
1979
Los simples Maestros desempeñan diversas tareas,
según las necesidades en cada ocasión.
La organización interna del grupo de Cantoras
es sumamente sencilla. Cuenta tan sólo con una
Cantora principal, que suele ser la que mejor conoce
los cantos y la que, a juicio de los propios yaquis,
posee la voz más hermosa y potente. Las demás
Cantoras tienen todas igual jerarquía. Cada grupo
de aproximadamente cuatro a seis cantoras, se encuentra
bajo la dirección de un Maestro, cuyo mandato
o autorización ordena o permite la participación
de sus subalternas en las ceremonias. En las grandes
festividades es común ver grupos de quince o más
Cantoras que concurren de varios poblados a un mismo
lugar.
- MÚSICA PROCESIONAL DE CUARESMA
Las procesiones que se llevan a cabo dentro de la etnia
yaqui en la celebración de algunas festividades
del ciclo litúrgico anual, van siempre acompañadas
de música, ya sea vocal, ya instrumental, ya de
ambas. Durante la cuaresma, las procesiones se acompañan,
con canto litúrgico, con el ritmo marcial que
marcan los fariseos o chapayecas y con la música
de la flauta, el tambor y el cinturón de venado,
ejecutada por los respectivos instrumentistas. Fuera
de la época cuaresmal corresponde a los Matachines
ejecutar sus danzas y a los Maestros y Cantoras entonar
sus cantos en las procesiones, a la manera descrita anteriormente.
RITMO DE MARCHA DE LOS CHAPAYECAS

Los fariseos o chapayecas, figuras centrales de los
ritos cuaresmales, forman parte de la agrupación
llamada LA COSTUMBRE en la que asumen los papeles de
soldados romanos y de judíos para representar
la pasión de Cristo. Todos ellos, portando la
máscara e indumentaria que los identifica con
su papel, llevan en la mano derecha una espada y en la
izquierda un cuchillo, ambas armas hechas de madera ligera
y pintadas con figuras geométricas rojas, azules
y verdes, sobre fondo blanco. Golpeando con el cuchillo
sobre la espada, los Chapayecas producen el ritmo que
acompaña su marcha en las procesiones y la caminata
estática dentro del templo, que también
forma parte del ritual de cuaresma.
Uno de los chapayeca es el encargado de marcar el inicio
del ritmo y de la vuelta de uno u otro motivo rítmico.
Ambos tienen duración indefinida y se repiten
constantemente mientras sigue la marcha.
EL LAMENTO
Simultáneo al ritmo de marcha de los chapayeca,
tanto dentro como fuera del templo, se escucha el lamento
de la flauta de carrizo, bacacusia, seguido de uno o
de dos golpes de tambor y del sonido del cinturón
de venado después de cada uno de los cinco motivos
melódicos que lo componen.

Este esquema de cinco motivos melódicos con percusiones
se toca tres veces consecutivas, seguida de un silencio
de breves minutos, después del cual se dejan escuchar
los tres ciclos nuevamente. Así se alternan sucesivamente
pausa y lamento durante la ceremonia.
Según testimonio de varios informantes yaqui,
el canto de la flauta simula el llanto de La Virgen María
en la pasión de su hijo; el tambor imita el sonido
de los golpes del martillo con que clavaron a Cristo
en la cruz, mientras que el sonido del cinturón-sonaja
pretende ser una expresión de agradecimiento del
hombre pecador a su Dios Redentor.
De acuerdo a la mentalidad yaqui, ni el lamento ni el
ritmo de marcha de los chapayeca tienen relación
alguna con el concepto de música, pues la música
y la danza quedan proscritas en época cuaresmal.
DANZA DE LOS FARISEOS o CHAPAYECAS
En realidad no se trata meramente de una danza, si no
de una imitación satírica que hacen los
fariseos de las danzas del Pascola, los Coyotes y el
Venado, pues como ya se dijo, las danzas son propias
de las fiestas y no de la cuaresma, época del “reinado
de los chapayeca”, como dicen los yaqui.
Durante las procesiones y en los intervalos de espera
entre una ceremonia y otra, efectuada el miércoles
de ceniza, los viernes de cuaresma y en la semana santa,
los chapayeca suelen asumir actitudes cómicas,
imitando burdamente los movimientos de hombres y animales.
Entre sus imitaciones predilectas están las de
los diferentes danzantes, aunque lo hacen, naturalmente,
sin acompañamiento musical. Ejecutan además
un pataleado que les es exclusivo, al cual llaman Tépari,
por el ritmo que lleva y que se prolonga ad limitum,
para finalizar con tres golpes.

Lo que produce el sonido rítmico son los téneboim
que llevan en las piernas, pues el golpe de los pies
sobre el suelo es apenas perceptible. Durante la ejecución
del Tépari el cuerpo permanece ligeramente inclinado
hacia enfrente y completamente relajado, incluso los
brazos. El pataleado es firme, pero separando apenas
el pie del suelo y sin moverse de un mismo lugar.
Aunque los propios yaqui se refieran al Tépari
como la “danza de los chapayeca”, no lo consideran
realmente como tal; al menos no en la categoría
de las demás danzas, como tampoco los chapayeca
ostentan el título ni son vistos como danzantes.

El Tépari se ejecuta los viernes de cuaresma,
durante el recorrido da la “Santa Cruz” por
el pueblo. Este recorrido lo hacen semanalmente los chapayeca
portando la cruz, que llega de puerta en puerta visitando
los hogares para allegarse los fondos necesarios para
la celebración de las festividades pascuales.
Al llegar a cada casa los chapayeca mueven la cadera
para hacer sonar el cinturón (´rihu´ utiam)
en señal de saludo. Los moradores honran la cruz
y dan una limosna, la cual agradece uno de los chapayeca,
a nombre de toda la costumbre, ejecutando el Tépari,
atrayendo la curiosidad y el asombro de la población
no indígena y de los turistas.
INDUMENTARIA
Los chapayeca visten de dos maneras para representar
dos tipos distintos de personajes, a saber: el fariseo
judío y el soldado romano. El judío viste
de pantalón blanco hasta la rodilla; saco, sombrero
de copa y polainas negros; sobre la cadera porta el cinturón-sonaja ´rihu´utiam;
en los tobillo los téneboim o capullos, y calza
sus tradicionales sandalias. El soldado romano viste
también pantalón blanco a la rodilla,´rihu´utiam,
téneboim y sandalias; no usa sombrero y en vez
de saco, a guisa de gran chaleco, simulando el arnés
romano de los soldados de la época de Cristo.
Tanto unos como otros se cubren totalmente la cabeza
con una máscara de cuero de chiva a la que llaman
cuero o chomo.

Las principales características de la máscara
del judío son las enormes orejas y su gran nariz
aquilina. En vista de aquellas, este tipo de máscaras
es llamado el orejón, y a causa de la nariz es
que los fariseos son llamados Chapayeca (nariz larga).
Las máscaras de los soldados romanos ofrecen
una inmensa gama de personajes. Hombres y animales se
ven ingeniosa y satíricamente parodiados en su
físico y en sus movimientos. Tan pronto se presenta
a la vista un toro o un gallo, como un vikingo o un apache;
perros, gorilas, pericos, etc. Van desfilando uno a uno
y representando hábilmente su papel.

Sin embargo, los nombres de fariseos y chapayeca se
aplican genéricamente a todos, judíos y
romanos. La causa de esta denominación es que
todos se inician como judíos, porque la manda
de participar como fariseo en la costumbre les impone
la obligación de hacerlo por tres años
consecutivos cuando menos y de llevar puesto un orejón
necesariamente el primer año, aunque los siguientes
escojan cualquier otro personaje.
Además de la máscara, los fariseos llevan
constantemente un rosario de cuentas de madera en la
boca, el cual les recuerda la obligación de guardar
absoluto silencio. Por lo mismo, se comunican entre sí por
señas y atraen la atención unos de otros
chocando el cuchillo de madera que llevan en la mano
izquierda contra la espada de la mano derecha.
ORGANIZACIÓN INTERNA DE LA COSTUMBRE
Durante la cuaresma los fariseos asumen el mando civil,
militar y en parte religioso de la comunidad entera,
mientras las autoridades oficiales entran en un período
de receso.

Todos los chapayeca quedan en un mismo nivel jerárquico
dentro de la costumbre, bajo la jurisdicción del
Pilato (o los Pilatos), que se constituye en autoridad
máxima en todos los ámbitos, excepto el
puramente religioso que queda en manos del Maestro de
Capilla. Como símbolo de su autoridad el Pilato
lleva en la mano una lanza con una cubierta de tela roja
en la punta, en vez del cuchillo y la espada que portan
los Chapayeca.
La función específica de estos personajes,
por la que adquieren relevancia ante el pueblo, es la
de ser actores y representar cada año sus respectivos
papeles en la escenificación de la pasión
de Cristo.

BIBLIOGRAFÍA:
LETICIA T. VARELA R, “LA MUSICA EN LA VIDA DE LOS
YAQUIS”, Gobierno del estado de Sonora, Secretaria
de fomento educativo y cultural, 1986.
DANZA DEL VENADO
LA MUSICA,
LA DANZA
La figura del venado, maso en yaqui, se yergue con
todo justicia como símbolo representativo de la
etnia yaqui, dejando huella de su nombre y poder en varias
topografías como Mazatán en Sonora, Mazatlán
en Sinaloa (en ambos casos: lugar de venados), Masocoba
(cabeza de venado) a la salida norte de Guaymas, Sonora,
entre otras. Paralelamente se reconoce la danza del Venado
como la manifestación estética que caracteriza
al Estado y hunde sus raíces en el pasado etnohistórico
sonorense. Es así mismo la danza más importante
y representativa del indígena yaqui, puesto que
engloba toda su cosmología, como se verá enseguida.
La danza del Venado, llamada en la lengua yaqui Maso
yiihua (ieihua), narra la historia de la vida y de la
muerte del animal sagrado de los yaqui. El danzante,
por medio de una mímica libre, representa todos
los momentos del ciclo vital del venado. Los movimientos
del danzante son una plástica perfecta de las
actitudes de alerta, atisbo, venteo, susto, huída,
defensa, solaz del venado ante la naturaleza circundante,
con cuyas criaturas se relaciona de una de una u otra
forma. Estas criaturas, representadas por los danzantes
Pascolas, suelen ser una flor, un pájaro, una
serpiente, una lagartija, coyotes, agua, pasto, en fin,
cualquier ser de la naturaleza que le es familiar al
yaqui.

Tanto los Pascola como el Maso se despojan, durante
la danza, de su propia personalidad para adoptar totalmente
la del animal, planta u otro ser que introducen a la
escena.
Por lo general son cuatro Pascolas los que interpretan
la danza, aunque puede prescindirse de uno o de dos cuando
no se cuenta con ellos. No suelen danzar juntos sino
por turno. El primero en intervenir es el cuarto Pascola,
o sea, el último en jerarquía, llamado “el
lobito”, quien representa los seres menos estimados
según la escala de categorías del yaqui:
un burro o una mula de carga, buey, perro, zorro, etc.
Después de él corresponde el turno al tercer
Pascola, luego al segundo y finalmente al Pascola yoowe
(anciano) o jefe del grupo.
La danza se inicia con unos golpes “secos” de
tambor que se modifican luego dando el ritmo inicial
básico. Inmediatamente después entran un
tambor de agua y dos raspadores, produciendo un ritmo
monótono.

Enseguida se escucha la melodía de una flauta
y el cuarto Pascola hace su aparición. Mientras
esto sucede, el Maso se coloca una cabeza disecada de
venado sobre la suya; cuando está listo para entrar
en escena, lo indica sacudiendo vigorosamente las sonajas
que lleva en las manos. En ese instante si inicia el
canto y el venado empieza a danzar con el Pascola. Al
terminar su danza, el lobito se retira y la flauta deja
de sonar. El tambor sigue marcando su ritmo mientras
los idiófonos y el canto prolongan unos instantes
más el son del venado. Finalmente concluye el
canto y, sin interrumpir la secuencia rítmica,
vuelven a escucharse solos el tambor y los idiófonos
como al principio, pero ahora a guisa de interludio.
La flauta inicia nuevamente su melodía y aparece
el siguiente Pascola; el Maso vuelve a sacudir sus sonajas
y se inicia el segundo canto de la serie. Esta operación
se repite tantas veces cuantos Pascolas tomen parte en
la danza (de dos a cuatro).

Tras ésta, que pudiera considerarse “serie
A” el venado, que a bailado con cada uno de los
cuatro Pascolas, se retira a descansar, mientras los
Pascolas ejecutan lo que más adelante se describirá como “danza
del Pascola”, que representa la “serie B” de
danzas que alternan con la descrita “serie A ” durante
el tiempo que se prolongue la fiesta, que puede ser de
algunas horas o varios días.
Hay dos momentos en la vida del venado que se representa
en forma un tanto distinta de la arriba descrita: el
juego del venado con los coyotes y la muerte del venado.
El juego del venado con los coyotes interviniendo dos
o más Pascolas simultáneamente. Estos intentan
hacerle bromas o daño al venado; él se
percata de su cercanía e intenciones y trata de
eludirlos; al no conseguirlo, se defiende. En este juego,
los coyotes demuestran su sagacidad, mientras el venado
hace gala de su agilidad, ligereza, elasticidad y dominio
de la situación hasta hace huir a sus atacantes.

La muerte del Venado es una representación de
gran patetismo. Es la lucha del hombre-cazador por subsistir,
frente a la víctima que defiende desesperadamente
su vida, que termina entregándose. En esta dramatización
los Pascolas son los cazadores que acosan a su presa
con arcos y flechas imaginarios hasta que aciertan en
el blanco. El Venado cae herido pero intenta levantarse,
se contorsiona por el dolor, se revela ante la muerte
y, convulsionando su cuerpo, agita violentamente sus
extremidades en un acto último y supremo de rebeldía
hasta que los músculos pierden fuerza y se aquietan.
En este momento, después de haber alcanzado el
clímax, la música se va apagando en un
rallentado, en el que el tambor de agua da la impresión
de producir los últimos latidos espaciados del
corazón del Venado y los raspadore semejan la
respiración primero agitada, después lenta,
profunda, entrecortada del animal, hasta que callan en
una última expiración cuando el corazón
deja de latir y el noble animal yace inerte.
CONJUNTO INSTRUMENTAL
Maso y Pascola personifican en su danza a dos seres
diversos de la naturaleza, cada cual con su vida propia
aunque interrelacionada. Por ello requiere cada danzante
su propia música para representar su papel. Se
emplean, pues, dos grupos instrumentales que tocan simultánea
pero independientemente. El conjunto que toca para el
venado se forma con un tambor de agua (Baa-wéhai),
dos raspadores de madera (Hirúkiam) y el canto
de uno de los dos ejecutantes de los raspadores. Constituyen
el conjunto instrumental del Pascola la flauta de carrizo
( Bacacusia) y el tambor de doble parche (Cúbahi),
ambos ejecutados por una misma persona.
En el tercer capítulo se describirán detalladamente
los instrumentos musicales. Acá procede analizar
los grupos instrumentales y su música. En ambos
casos se trata de instrumentos percutidos o raspados
que producen un ritmo básico, frente a una melodía
cantada o tocada por la flauta. Los textos narran lo
que el danzante representa en su pantomima. El complejo
sonoro se enriquece con el sonido de los capullos (téneboim)
que lleva el Maso atados en torno a las piernas, del
cinturón-sonaja (Rihu útiam) que porta
en la cadera y de las sonajas (Aócosim) que agita
con las manos, así como el sonido rítmico
del sistro (Sena´ aso) que lleva el Pascola en
la mano derecha.

La flauta intenta imitar el sonido característico
del ser que incorpora el Pascola, como por ejemplo, el
trinar de una ave, el aullar de un coyote, el ulular
del viento, el murmullo de un arrollo. Y aunque el Pascola
también lleva, como el Maso, capullos en las piernas
y un cinturón-sonaja (Coyolim), éstos no
se suman al conjunto sonoro, pues los movimientos del
danzante son tan leves que las mencionadas sonajas apenas
llegan a producir ruidos imperceptibles en el conjunto.
Su uso se reserva más bien para la danza del Pascola
que se estudiará posteriormente.
* INDUMENTARIA
El Maso lleva sobre la cabeza el tocado que lo caracteriza,
consistente en una cabeza disecada de Venado adornada
con cintas de color rojo muy brillantes, enredadas en
los cuernos. Esta cabeza, fijadas con correas de cuero
al mentón del danzante, se asienta sobre un pañuelo
blanco atado de la frente hacia atrás, que cubre
parcialmente los ojos del danzante y deja caer una esquina
de la tela sobre la espalda. Al cuello lleva un rosario
de cuentas de madera o de un collar de chaquira con adornos
de concha nácar, rematado en una cruz de madera
que cae sobre el pecho y viste el torso desnudo. Una
pañoleta de colores vivos le rodea la cintura.
Ciñe su cadera un rebozo a guisa de enagüilla
que llega hasta las rodillas, sostenido por una faja
negra o azul oscuro sobre la cual se asienta un cinturón-sonaja
con pezuñas de Venado. De los tobillos a las pantorrillas
lleva enrolladas sendas tiras de capullos de mariposa
que hace sonar al estampar sus pies descalzos contra
el suelo. Una de sus muñecas va ceñida
por una banda de tela blanca semejando el brazalete que
usa el cazador para protegerse del golpe de la cuerda
del arco al disparar las flecha. En cada mano sostiene
una sonaja de calabaza.
El Pascola viste una manta gruesa de algodón
de colores vivos enredada en la cintura y piernas hasta
la rodilla, a manera de pantalón corto, asegurada
con cordones. En la cintura lleva una pañoleta
como la del venado y sobre la cadera un cinturón-sonaja
con cascabeles metálicos. Al igual que el Maso
ata capullos de mariposa a sus piernas y se deja los
pies descalzos.
Con la mano derecha agita una sonaja. La cara va cubierta
con una máscara con perfil de chivo, el chivato,
pintada de negro, blanco y a veces también con
adornos rojos, lleva barbas y cejas largas de ixtle o
cerdas. También usa collar o rosario al cuello.
Sobre la cabeza descubierta se recoge un mechón
de cabello sujetándolo con una cinta de color,
dando así forma a lo que llaman la vela. Los músicos
no tienen una indumentaria especial, visten como cualquier
campesino de la región.
* REPERTORIO
Probablemente para los ancianos músicos
yaqui sean de sobre conocidos todos los sones del Venado
existentes. No obstante, las costumbres y mentalidad
de la etnia hacen prácticamente imposible la recolección
sistemática e información precisa sobre
el repertorio total. Una tarea tal exigiría largos
años de observación y participación
en todas las fiestas de la etnia.
Para cada son o serie de sones existen una época del año y un
momento del día o de la noche adecuados, por ejemplo, si se ha de representar
el instante en que el animal va a beber agua o sale en busca de la hembra,
lo correcto será escenificar la danza al filo de la media noche; o bien,
si se trata de una fiesta que se celebra en primavera, se escogerá danzas
que representen la actividad del venado durante esa época del año.
En todo caso, son los fiesteros u organizaciones de las fiestas, los que eligen
de antemano los sones que habrán de ejecutarse.
A cada son de Venado corresponde otro de Pascola. Así, si el Maso danza
el son de la víbora, el Pascola baila el de la cachora, o si el Venado
escenifica el son de la flor del campo, el Pascola será el pájaro
que vuela en torno de ella.
* ESCENARIO.
Tanto los músicos ejecutantes como
los danzantes ocupan un área determinada bajo
la ramada, cuya distribución suele ser siempre
la misma. Este escenario se encuentra construido con
troncos de árbol
terminados en horquetas a menara de columnas sobre las
que descansan otros troncos que sirven de sostén
al techo de hojas de palma u otras ramas disponibles.

La ramada es de forma rectangular; mide aproximadamente
4 x 6 m, dividida en dos partes: una de unos 4 x 2 m,
donde se coloca un altar para la celebración del
rito correspondiente, y otra de 4 x 4 m para las danzas.
La siguiente ilustración muestra la distribución
de músicos y danzantes dentro de la ramada.
 |
B = Baa-wéhai (tambor
de agua)
R1 = Primer raspador
R2 = Segundo raspador
T = Tambor y flauta
M = Maso
P = Pascola
X = Músicos de la danza del Pascola
|
Como de
observa en el dibujo, los lados y el fondo de la ramada
se cierran con paredes de carrizo tejido o ramas entrelazadas.
En ocasiones sólo se cierra el fondo, dejando
los lados abiertos total o parcialmente.
*ORIGEN Y SIMBOLISMO
Es muy difícil precisar la antigüedad de
la danza del Venado. Algunos de sus elementos hunden
sus raíces en las incógnitas épocas
del Noroeste precolombino, mientras que otros revelan
una clara ascendencia hispana. Pero a pesar del cúmulo
de elementos europeos, existen evidencias suficientes
para catalogar esta danza como aborigen.
Atendiendo al simbolismo, destaca en primer lugar la
figura misma del Venado. El Venado representa para el
yaqui el ser que desde antiguo veneró como
ancestro fundador de la etnia, hermano mayor, benefactor, víctima que
ofrenda generosamente, ser al que aún hoy se le atribuyen facultades
sobrenaturales y virtudes excelsas. Hay “decires” que pintan al
Venado convirtiéndose en hombre durante la noche para transmitir al
indígena el arte y los secretos de la caza, métodos de agricultura,
los principios que deben regir la vida del hombre, y durante el día
recobra su forma animal para inmolarse a manos del cazador como víctima
que sustenta al hombre con su propio cuerpo.
William Madsen señala un paralelo entre la mística de la comunión
católica y de la antropofagia practicada antiguamente por muchas etnias
americanas (entre éstas los yaquis), en que la víctima humana
personifica al animal sagrado hecho hombre para servir de alimento a sus hermanos;
mas no considera la antropofagia ni la ingestión del animal fueron siempre
actos rituales, sino que a veces eran devorados por creer que se ingería
con la carne del hombre o del animal su vigor y su fuerza. En el caso del “Maso
saila”, hermano-Venado de los yaqui, es arriesgado afirmar categóricamente
que su autoofrenda y la ingestión de su cuerpo alcancen el carácter
de una comunión equiparable a la católica, por la sencilla razón
de que la figura del Venado, aun concedido su carácter superior, sobrenatural,
no llega a reunir los atributos generales de una deidad.
Las leyendas y creencias en torno al Venado parecen
desprenderse de antiguas prácticas totémicas,
si consideramos al tótem a la manera de Juan Bergua:
Con frecuencia el tótem es aquello que constituye
la base de la alimentación del clan, oral animal,
ya vegetal […] una vez consumida su carne, la
del hombre, así como su sangre, es la del animal
consumido. Y de este modo, el animal o planta al que
deben la vida llega a ser su hermano, puesto que establece
entre ellos una fraternidad de sangre; e incluso padre,
puesto que gracias a él ha podido vivir el clan
durante incontables generaciones.
Esta idea es compatible con la descripción hecha
por Fray Andrés Pérez de Rivas respecto
a ala veneración que rendían los yaqui
a un “demonio” que se les aparecía
en forma de animal y al que llamaban “abuelo” a
título de honra, levantándole a veces una
piedra o un palo a manera de ídolo pero sin reconocer
en él a ninguna “deidad ni suprema potestad
del universo.
Obviamente, la víctima ofrecida no es un dios
si no un producto de la naturaleza dotado de un espíritu
transmigrador reencarnado en un ancestro. En última
instancia, aplicando un poco de sentido común,
es fácil aceptar estas tradiciones como nacidas
del afán, por parte de los pueblos antiguos, de
infundir a las nuevas generaciones el respeto y agradecimiento
a las especies vegetales y animales, base de su alimentación
y subsistencia; nacidas, es decir, de la necesidad de
mantener el equilibrio ecológico que garantiza
la conservación de la propia especie humana, y
creando a la vez el personaje del Yooeta, el “maestro,
que posee y transmite la ciencia y la experiencia acumuladas
en generación.

El Yooeta de los yaqui, el Hombre-Venado, es el cazador
del que desciende la etnia; es el mago que vive en el
monte, en la sierra, que llama a sus elegidos para convertirlos
en danzantes. Cuando éstos duermen, se les aparece
el Yooeta en sueños para convocarlos.
Ellos se levantan y van de noche al lugar de donde procede
el llamado silencioso- pues una de las características
del Yooeta es que no habla, pero transmite el conocimiento
de espíritu a espíritu. Allí reciben
ellos el saber, se fortalecen en sus virtudes y se convierten
en danzantes-Venado. La nobleza y l valor son los atributos
fundamentales del animal que deben ser las virtudes características
del danzante. Este a de ser sagaz, arrojado, siempre
vigilante, y presto a la defensa, generoso, recto, sobrio
y callado, veraz y dispuesto a morir antes que claudicar.
En resumen, es la personificación de todos los
valores positivos tradicionales, incluyendo los adquiridos
con el cristianismo. El propio San Luis, convertido en
patrono de los danzantes-venado, es revestido con la
personalidad del Yooeta.
El símbolo opuesto al Venado lo constituye en
parte el Pascola. Ante el Yooeta se presenta el Yoomo´omoli
o padre de los Pascolas, quien adopta generalmente la
forma de un chivo; de ahí la máscara (“el
chivato”) que porta el Pascola al danzar. Al parecer,
el Yoomo´omoli representaba originalmente algo
neutral, ni negativo ni positivo, era cualquier ser de
la naturaleza, descargado de connotaciones éticas,
pero que muy posible mente fue aprovecha do por los misioneros
españoles para explicar a los indios el antagonismo
de la fuerzas del bien y del mal. Para aquellas existía
la figura del venado, para éstas tomaron al Pascola.
La máscara de chivato viene representando así al
macho cabrío que, desde la edad media, ha personificado
al diablo en la simbología cristiana. La figura
del Pascola es no sólo sincrética como
la del venado, sino antagónica en sí misma.
El Yoomo´omoli, según, tenía tres
hijos que estaban tullidos pero que milagrosamente fuero
curados y se dedicaron a danzar para darle gracias a
Dios por el milagro. Estos fueron los primeros tres Pascolas.
Tiempo después se les unió un cuarto danzante
que resultó ser un enviado del diablo para sembrar
cizaña, crear problemas entre los hermanos y que
dejaran de alabar a Dios con sus danzas. Las intenciones
del cuarto Pascola fueron descubiertas y recibió un
duro castigo, pero Dios le permitió seguir danzando
con los tres hermanos bajo condición d que representara
los papeles más ínfimos. Así el “hijo
del diablo” viene a ser el “lobito” de
los Pascolas, simbolizando el mal que no es extirpado
del mundo, pero sí, mantenido bajo control.
El Yoomo´omoli y con sus hijos Pascolas, se encuentran
bajo protección directa del arcángel San
Miguel y realizan una misión divina.
Suelen adjudicarse la función sacerdotal de la
predicación al dar “sermones” en determinados
momentos, suspendiendo la danza; pero también
intercalan frecuentes narraciones cómicas para
divertir a los asistentes, bromas que adoptan muchas
veces un carácter soez y hasta pornográfico.
El vestuario del Venado así como el del Pascola
tiene también su simbolismo. Es evidente que la
cabeza del venado unida al cuerpo del danzante representa
al animal, más si se tiene en cuenta el pañuelo
blanco o “ buúa ” que le cubre los
ojos—permitiéndole tan solo ver el suelo
para no tropezar- hace resaltar que quien vive y actúa
es el que ve, o sea, el venado y no el danzante. La máscara
del Pascola lleva además la “vela” en
la cabeza, figura del milagro de Pentecostés.
A través de ella recibe la gracia para hablar
ante el pueblo y para danzar; es símbolo de su
misión de apóstol.
Ambos danzantes, Venado y Pascola, llevan un collar
o un rosario con una cruz al cuello, distintivo de su
filiación católica, y a la vez amuleto
contra las fuerzas del mal. El rebozo-enagüilla
del Venado se considera como imagen de la sábana
santa con que Cristo fue enterrado o del manto de María,
su madre.
El cinturón-sonaja que ambos llevan, así como
los capullos de las piernas los confirman en su papel
de danzantes y quizá sea además una reminiscencia
del sonido que produce la serpiente de cascabel, tenida
por deidad en todo México y asociada frecuentemente
con el agua, símbolo de la fertilidad.
Mientras el Venado produce ruido con las pezuñas
que cuelgan de su cinto, el Pascola hace más patente
su carácter festivo con los cascabeles del suyo.
La pañoleta que llevan atada a su cintura y los
listones en los cuernos del venado agregan el colorido
propio de una fiesta. Las fajas cumplen más bien
una tarea práctica de sostén. El simbolismo
de los instrumentos musicales se analizará posteriormente.
Por su carácter marcadamente católico podría
pensarse que el Pascola es una creación de los
misioneros españoles. El mismo nombre de Pascola
deriva de Pascua. Sin embargo, no se puede pasar por
alto su papel de criatura de la naturaleza sin cualificación
moral, ni la existencia de actores danzantes cómicos
en otras etnias que se mantuvieron más al margen
de la influencia hispana en la época colonial,
como son los indios pueblos de Estados Unidos.
Es pues, muy probable que el Pascola sea, como el Venado,
un personaje precortesiano que, si bien conservó algunas
características compatibles o al menos anodinas
a la nueva fe católica, adquirió una fuerte
carga de significados y actitudes propiciadoras de la
evangelización y la catequesis, sobre todo si
se toma en cuenta que por la escasez de misioneros para
tan dilatadas regiones y por las dificultades lingüísticas
e ideológicas para comunicarse con los aborígenes,
hubo de recurrirse a toda solución posible para
propagar la fe. ¿Quién podría afirmar
o negar que el Yoomo´omoli existió desde
antes de la colonia? En todo caso es el nombre indígena
del padre ancestral de los Pascola ¿o quizá el
Pascola precolombino?.
* ESTRUCTURA INTERNA DEL GRUPO
La leyenda del Yoomo´omoli y sus tres hijos da
sentido a la organización jerárquica interna
del grupo de danzantes. El Pascola mayor representa al
mayor de los hermanos; el segundo al hermano que le sigue
en edad y el tercero al menor. Ya se dijo que el “lobito” o
cuarto Pascola es hijo del diablo y por eso le corresponde
la más baja jerarquía. El Pascola mayor
es el jefe del grupo y suele ser el que ha enseñado
a los otros el arte de ser Pascola. También el
venado queda en cierta forma bajo su jurisdicción.
El grupo se integra así con el venado y los cuatro
Pascolas.
La figura del padre -Yoomo´omoli- la personifica
el Moro. El se encarga de proveer el material humano
para las fiestas. Su cargo está estrechamente
ligado al de los maestro de iglesia y, en segundo término,
a los Fiesteros u organizadores de las fiestas. Estos
solicitan los servicios del Moro indicándole qué danzas
desean para la celebración que se éste
preparando. El Moro coordina entonces a los diferentes
grupos de danzantes y músicos.

Durante la ejecución de las danzas, en las fiestas,
el Moro se encuentra siempre junto a los danzantes, en
el sitio destinado especialmente para él en la
ramada. Desde ahí vigila el desarrollo del evento
y se responsabiliza del comportamiento de cada uno de
los miembros del grupo en escena. Los participantes suelen
ingerir bebidas alcohólicas durante la fiesta
y con frecuencia bailan o tocan en completo estado de
ebriedad. Los únicos obligados a eximirse de la
bebida son el venado y el Moro.
Los músicos del Venado actúan en forma
bastante independiente. La única jerarquía
que se observa en el grupo es la del primer y segundo
grupo raspador. El ejecutante del primer raspador es
el más experimentado de los dos y el que está obligado
a saber de memoria todos los cantos para entonarlos.
El segundo suele ser un músico menos diestro o
un discípulo del primero. El que percute la jícara
de agua, aunque forma parte del grupo, no parece estar
subordinado a los anteriores.
El músico del Pascola, ejecutante de la falta
y el tambor, es aún más independiente,
ya que toca solo el son del Pascola y puede reunirse
con diferentes grupoide músicos de venado, pero
es frecuente que la amistad o la costumbre lo incline
a reunirse siempre con el mismo grupo.
LA DANZA Y EL SIMBOLO DEL VENADO ENTRE OTROS GRUPOS
INDIGENAS
Wendel C. Bennett y Robert M. Zingg registran la danza
del venado entre los pápagos, mayos, tarahumaras,
tepehuanes, coras, y huicoles, aunque con pequeñas
y grandes variantes en cada caso. Erna Ferguson describe
una danza de venado y otra de Búfalo y venado
en taos y san Felipe (nuevo México) respectivamente,
como danzas invernales de los indios pueblos.
Entre las danzas de estos indígenas y las de
los yaqui se pueden constatar similitudes y diferencias.
De entre las diferencias se extraen las siguientes:
LA MUSICA
1.- En la versión de los pueblos intervienen
varios Venados y algunos otros animales al mismo tiempo.
En la versión yaqui aparecen sólo uno de
cada uno.
2.- Los pueblos destinan a los niños el papel
de coyotes, mientras los adultos representan a los otros
animales ay actúan como bufones para divertir
al público con saltos y sátiras intercaladas
en las danzas. Entre los yaqui son los Pascolas quienes
tienen a su cargo todos estos oficios, independientemente
de la edad que tengan.
3.- Entre los pueblos se acostumbra que dance una mujer,
práctica no permitida entre los yaqui.
Las similitudes que pueden señalarse son:
1.- Junto con el Venado intervienen coyotes y otros animales.
2.- Ambas versiones incluyen la cacería del Venado
y su huída por entre las ramas del monte.
3.- Tanto el danzante yaqui como el pueblo portan una
cabeza de venado sobre la suya.
4.- Ambos escenifican la muerte del Venado.
5.- El danzante pueblo porta una sonaja en una mano
y un arco de caza en la otra. El yaqui usa dos sonajas
pero lleva en una muñeca el brazalete protector
que usan los arqueros.
6.- Uno y otro danzante lucen el torso desnudo y los
ojos cubiertos.
A pesar de las diferencias señaladas, resultan
ser tantas las similitudes de una versión de la
danza con lastra, que sugieren un origen común,
sobre todo si se considera que los indios pueblos son
los grupos sedentarios de mayor antigüedad en Estados
Unidos y constituyen el núcleo cultural que desde
esas regiones expandió su influencia sobre etnias
vecinas, incluyendo las del norte y noroeste de México.
La versión mayo de la danza del Venado es la
que más se asemeja a la de los yaqui. Hecho lógico
dado que mayos y yaqui pertenecen a la misma familia
de grupos cahitas y siempre han vivido en estrecha vecindad
y comunicación. Las diferencias con otras etnias
se acentúan en la medida en que éstas se
encuentran alejadas geográficamente de la yaqui.
Respecto al simbolismo del Venado se puede establecer
un común denominador desde el sur de Estados Unidos
hasta el centro y costa sur occidental de México:
el Venado es un espíritu benefactor, ancestro
fuente de vida. Sobre lo que el venado representa para
los indios triques de Oaxaca, escribe Laura Nader:
Cada persona tiene su contraparte en forma animal, su
nagual. La muerte de un individuo se explica generalmente
diciendo” ella murió porque esa noche mataron
a un venado en la montaña”, y el venado
era su nagual.
Joseph Grimes y Thomas Hinton en su artículo
sobre los huicholes y coras de Nayarit y Jalisco en un
pie de foto: “los cuernos de venado en la silla
representan a Káuyúu-maari, el mensajero
de los otros dioses”. Más adelante explican
lo que para esos grupos indígenas significa la
expresión “hermanos mayores” (ancestros): “dioses
del maíz, venado, peyote. Residen en el área
del peyote de San Luis Potosí. Se simboliza en
un venado.
Barabara Myerhoff en su artículo “The Deer-Maize-peyote
symbol Complex among the Huichol indians of México” abundan
en explicaciónes sobre el significado de este
complejo simbólico trinitario, y coincide con
las afirmaciones de los autores citados arriba.
La existencia de la danza del Venado entre los diferentes
aborígenes del noroeste de México y sur
de Estados Unidos, el empleo de instrumentos no europeos
y el simbolismo que encierran el Venado, la danza misma
y los instrumentos musicales, hacen pensar en una génesis
común de esta danza en base a una visión
que nada tiene de católica y sí muchos
puntos de contacto con las religiones de Mesoamérica,
lo cual fortalece la hipótesis de su origen precolombino.
BIBLIOGRAFÍA:
Leticia T. Varela R, “ LA MUSICA EN LA VIDA DE
LOS YAQUIS”, Gobierno del estado de Sonora, Secretaria
de fomento educativo y cultura, 1986.
DANZA DE LOS COYOTES
Sin estar exenta de una honda expresión e interés,
esta danza es la más sencilla de todas. La ejecutan
tres danzantes Coyotes montados sobre su arco guerrero
a guisa de caballo, sosteniéndose con la mano
izquierda y percutiéndolo rítmicamente
con un carrizo cortado a lo largo en cuatro o seis tiras,
produciendo un chasquido al impacto con la madera del
arco.
Los danzantes se colocan uno al lado del otro y danzan
caminando siempre en línea recta hacia atrás
y adelante, en un área de unos cinco metros de
largo. Con el cuerpo inclinado hacia enfrente, dan pasos
cortos hacia atrás siguiendo el ritmo del tambor.
En el trayecto hacen tres veces la señal de la
cruz con la cabeza y el torso, impulsándose enérgicamente
hacia arriba, abajo, la izquierda y la derecha. Al llegar
al extremo del área de danza y habiendo completado
las tres cruces, el tambor cambia el ritmo y los danzantes
recorren con pasos más largos y rápidos
la misma trayectoria, ahora hacia enfrente, en dirección
al músico. Una vez junto a él, reinician
el proceso: caminata lenta hacia atrás haciendo
tres cruces y regreso rápido al punto de partida.
El tambulero repite indefinidamente la música
hasta que decide concluir.
En ocasiones, los coyotes adoptan actitudes cómicas
dirigidas con frecuencia al tambulero, por ejemplo, en
el momento en que se acercan a él, en vez de realizar
su recorrido normal, se detienen a molestar al músico,
permaneciendo a su lado; simulan ser un coyote real que
confunde o toma al ejecutante por un árbol y,
levantando una pata trasera, satisface junto a ese “árbol” una
necesidad fisiológica. Por lo general, las bromas
yaquis son bastantes burdas, pues las de los Pascolas
suelen abordar también una temática muy
poco refinada.
La extrema sencillez de la danza de los coyotes permite
que la ejecute cualquier yaqui varón. La inician
comúnmente los miembros de la Comunila, que suelen
ser en su mayoría guerreros consagrados. Después
eligen ellos mismos, de entre los espectadores, a quienes
habrán de continuarla.
Estos están obligados, son pena de algún
castigo, a aceptar la designación para danzar.
En breve son relevados por otros tres espectadores igualmente
electos.
La música consiste en un ritmo base ejecutado
sobre el tambor de doble parche, percutido con una baqueta
con cabeza de hule o cuero. A este ritmo se opone el
que ejecutan los danzantes golpeando su arco con el carrizo
que llevan en la mano. La melodía, cantada por
el tambulero, abarca un ámbito máximo de
una octava. El texto, cantando en lengua yaqui arcaica,
se pronuncia con bastante rapidez y poca claridad. Para
cantarlo, el tambulero pega los labios a uno de los dos
orificios que tiene el marco de madera del tambor, diametralmente
opuesto. En esta posición, lanza la voz hacia
el interior del instrumento, de modo que su canto se
escucha a través de los parches vibrantes, lo
cual oscurece aún más el texto que, por
otra parte, suele cantarse con poca intensidad.
Resumiendo, los instrumentos que intervienen son el
tambor y tres arcos con sus respectivos carrizos, a los
que se suma la voz humana. Intervienen tres danzantes
Coyotes y un músico tambulero.
INDUMENTARIA
Para esta danza se requiere una indumentaria tan sencilla
como la coreografía o la instrumentación.
Tanto los danzantes como el músico visten su patalón
y camisa ordinarios; sólo se colocan los danzantes
una piel de coyote o de zorro que les cubre desde la
parte superior de la cabeza hasta la cintura, por la
espalda. Sobre la piel van varias hileras de plumas de águila
cosida con hilo grueso. Este tocado lo sujetan con una
banda de tela roja-atada en torno a la cabeza y adornada
con botones blancos de concha o plástico, formando
figuras geométricas a manera de grecas. En la
frente, sobre la banda roja, llevan una concha de mar
relativamente grande. A este tocado suelen llamarle “penocha” en
vez de penacho, aludiendo a las plumas. En el hombro
izquierdo cargan su carcaj con flechas, hecho también
de piel de coyote o de zorro. Danzan con sandalias, su
calzado habitual.
ESCENARIO
El sitio adecuado para la danza es un espacio libre
de aproximadamente 5x2 metros, por fuera de la iglesia,
entre ésta y el cementerio que suele encontrarse
en torno a ella. Ahí permanecen danzando después
de la misa de medio día por espacio de una o dos
horas, poco más o menos.
ESTRUCTURA INTERNA DEL GRUPO
Sería impensable un grupo de danzantes yaquis
sin orden jerárquico.
Aunque sean danzantes improvisados los que intervienen,
existe un escalafón: el del centro es el más
importante; le sigue el de su derecha y por último
el de la izquierda . El músico es independiente.
Qué origen o qué motivo tiene esta ordenación,
es una cuestión difícil de deslindar, pues
se trata de una danza casi tabú, sobre la que
nadie habla normalmente y cuyos cantos conocen sólo
unos cuantos de los tambuleros más viejos de la
etnia, quizá cinco o seis en total. Por el mismo
motivo se ignora todo lo relativo al repertorio y al
grado de conocimiento que puedan tener de él los
propios yaquis en general.
ORIGEN Y SIMBOLISMO
Los elementos que integran esta danza apuntan en su
gran mayoría a su origen autóctono de la
misma, sin negar con ello la asimilación de elementos
de la cultura hispana. El carácter netamente guerrero
que la satura es inconfundible y no puede pensarse que
los españoles hayan introducido una danza de este
tipo, cuando lo que más problemas les causó fue
la reducción de los yaquis, cosa que jamás
lograron con las armas, dado el temperamento indómito
de estos indios.
El templo guerrero del yaqui lo describe magníficamente
su primer historiador, el jesuita Pérez de Rivas,
diciendo:
Y haze con esto otro dicho de valeroso Capitán
Diego Martínez de Hurdaide, que en una de las
refriegas, y batallas que con ellos tuvo […]salió diciendo,
que no había hallado en otras muchas Naciones,
con quienes había combatido, tal corage en pelear
como el de los yaquis. Por que no desmayando, como otras,
en ver cuerpos muertos de los suyos, y tendidos por el
campo; antes haciendo pie sobre ellos, encargaban con
más furia sus arcos, diciendo: matad, que muchos
somos: sin aflojar un punto en la pelea.
Su actitud guerrea era un modus vivendi de gran antigüedad,
arraigo y fama. Entre las etnias vecinas los yaquis eran
tenidos por los más fieros y belicosos de todos.
El propio Fray Andrés, cuya obra citada posee
ya un título bastante sugestivo (historia de los
triunfos de nuestra santa fe entre gentes las más
barbaras y fieras del nuevo obre), enfatiza esta característica
yaqui:
Apenas hallé indio [yaqui], que no tuviese nombre
derivado, y significativo de muertes, que hubiesen ejecutado:
como el que mató a cuatro; a cinco, o a diez,
el que mató al monte, en el camino, en la sementera.
Y aunque en otras naciones se hallaban semejantes nombres,
eran muchos menos; y esos cuando se bautizaban, se los
mudaban a otros propios de su lengua[…]pero cuando
quise hacer esta diligencia con los yaquis, por quitarles
con el santo bautismo estas memorias barbaras, no se
pudo ejecutar, por tener todos nombres de muertes, sin
hallar otros en su lengua con que suplirlos. Lo cual
he notado, para que se entienda cuan belicosa, y guerrera,
fue siempre esta Nación.
Pero no sería suficiente apelar a estos relatos
de costumbres belicosas para probar que la danza es guerrera
y data de épocas prehispánicas. Sin embargo,
la misma fuente arriba citada nos da una pista más
segura. El primer misionero del .Yaqui habla de una danza
con cantos, acompañada de tambores, para convocar
a la guerra o celebrar triunfos. Dice el jesuita:
Eran celebres estas embriaguezes, y generales entre
ellos, en ocasión que se preparaban, y convocaban
a guerras, para enfurecerse más en ellas; ó cuando
habían alcanzado alguna victoria, ó cortado
cabeza de algún enemigo, que eso les bastaba para
celebrarlas, juntandose a la borrachera baile en general,
a son de grandes tambores, que sonaban y se oían
a una legua: y en esta baile entraban las mujeres, y
se celebraban de esta suerte. La cabeza, ó cabellera
del enemigo muerto, ó otro miembro, como pie, ó brazo,
se ponía en una hasta en medio de la plaza, y
en rededor se hacia el baile, acompañado de algaraza
barbara, y bailones al enemigo muerto, y cantares que
referían a la victoria.
Seguramente, los misioneros se esforzaron por suprimir
esta danza, al igual que muchas otras prácticas
que se oponían al espíritu cristiano, sustituyéndolas
por otras. De este intento de sustitución, que
se convirtió más bien en una superposición
de elementos culturales-hispanos sobre indígenas-,
resultó una serie de manifestaciones híbridas
que hasta la fecha subsisten y que han mantenido vivas
ciertas concepciones tradicionales “paganas” mezcladas
con las cristianas.
A consecuencia de esta labor transformadora emprendida
por los misioneros, la danza guerrera descrita por Pérez
de Rivas tuvo que reducirse a su mínima expresión.
Así es como puede suponerse que la actual danza
de los coyotes sea una continuación de aquella,
conservando el uso del tambor y los cantos, así como
su carácter guerrero, pero sin celebrar los triunfos
sobre los enemigos, sino los de la fe sobre las almas.
De ahí que se haga la señal de la cruz
tres veces y participen tres danzantes, honrando así a
la Trinidad divina. El movimiento circular y desenfrenado
en torno a una asta, con un trozo de carne humana o una
cabellera fue sustituido por el andar acompasado en línea
recta. De manera que al avanzar Pérez de Rivas
en su relato, puede afirmar: “las danzas en sus
fiestas célebres se averguenzan ya de hacerlas
al modo de sus bailes antiguos y bárbaros.”
Los misioneros lograron, ciertamente, un cambio profundo
en casi todos los aspectos de la vida individual y social
del yaqui, pero una de las características que
no le pudieron modificar jamás fue su espíritu
guerrero. Hasta la fecha, al decir “yaqui” se
asocian espontáneamente hechos de guerra. Hace
apenas cinco décadas que los yaquis dejaron de
pelear contra los yoris, mas no por ello dejan de estar
dispuestos –y así lo declaran – a
levantarse nuevamente en armas, si la defensa de los
suyos, sus derechos y su tierra, que es la de sus ancestros,
así lo requiere. Se sigue celebrando todavía
el rito de iniciación del joven en la orden de
los guerreros-coyotes, ceremonia en la cual, tras la
exhortación de los jefes más ancianos,
el iniciado pronuncia su juramento:
E betchibo kaita into kójowame para ti no habrá muerte,
E betchibo kaita into em inéeneu para ti no habrá ya
dolor,
E betchibo kaita into kóokoa para ti no habrá ya
enfermedades,
E betchibo kaita into táa-tune para ti no habrá ya
sol,
E betchibo kaita into tátaria para ti no habrá ya
calor,
E betchibo kaita into tu karia para ti no habrá ya
noche,
E betchibo kaita into seberia para ti no habrá ya
frío,
E betchibo kaita into bae kokowame para ti no habrá ya
sed,
E batchibo kaita into jíibwa peewame para ti no
habrá ya hambre,
E betchibo kaita into yúku para ti no habrá ya
lluvia,
E betchibo kaita into yoémia para ti no habrá ya
familia,
E betchibo kaita into al- lewame para ti no habrá ya
alegrías,
Kaita majjaune síime luutek e betchibo nada podrá atemorizarte,
todo ha terminado
Senuy weyeme jiba: para ti excepto una cosa:
Túisi em áet yéu yúmaaneu el cumplimiento del deber.
Lagarta eu nai kiawataapoo en
el puesto que se te designe, allí te
Junama tawane quedarás
Waka emak inim jó-akamta jínneu por la defensa de tu nación,
Bjekai de tu pueblo, de tu religión.
Em pueblo, elee benak ójokame
Waka enchim tekipanoau
Lijota em sualeka tekil
¿em lijota teuwak lijota nesauta ¿juras cumplir con el mandato
divino?
(emayaarinev?
El nuevo hombre –coyote
responde:
Ewi Si
Entonces, el jefe, actuando como padrino, impone sus
manos sobre los hombros del nuevo guerrero y saca de
su carcaj unas uñas de león con las que
le rasga la piel del pecho, de la espalda y los muslos.
Luego le entrega las insignias de la muerte: un penacho
de plumas de águila con la piel de un coyote,
su carcaj lleno de flechas y su arco. Se efectuarán
simulacros de guerra como última prueba de valor
para el iniciado y se celebra después una fiesta
con danzas de Venado, Pascolas y Coyotes.
La evidente asimilación de ideas occidentales
en la exhortación y el juramento del guerrero-coyote,
ponen de manifiesto la simbiosis cultural que vive
e identifica a esta etnia.
BIBLIOGRAFÍA: Leticia T. Varela R, “LA
MUSICA EN ALA VIDA DE LOS YAQUIS”, Gobierno del
estado de Sonora, Secretaria de fomento educativo y cultura,
1986.
DANZA DE LOS MATACHINES

Los danzantes Matachines se colocan siempre en dos filas
paralelas; los de la derecha portando en la mano una
sonaja de guaje azul y los de la izquierda con sonaja
roja. El director del grupo, llamado Monarca o Monaba,
se coloca a la cabeza entre las dos filas de danzantes
o a los lados del Monaha para imitar sus pasos.
Las danzas consisten en una serie no muy variada de
pasos cortos y breves, estampando todo el pie en el suelo,
sin levantarlo mucho, al tiempo que describen figuras
coreográficas muy diversas que son combinadas
de manera pre-establecida para cada son y ejecutadas
al tiempo que los propios danzantes van sacudiendo su
sonaja al ritmo de la danza.
También ejecutan la llamada danza de la trenza
con una coreografía algo diferente. Los danzantes
se dividen también en dos grupos, formando dos
círculos que caminan en sentido contrario en torno
a un poste del que penden listones de colores. Cada danzante
toma el extremo de un listón y al entrecruzarse
con los danzantes del grupo opuesto, se va tejiendo una
trenza alrededor del poste. Al quedar entrelazados completamente
los listones, se inicia un movimiento en sentido contrario
para destrenzarlos.
Los danzantes de los Matachines se integran a la liturgia
de las grandes festividades religiosas del año,
fuera de la cuaresma. Durante el sacrificio eucarístico,
los Matachines danzan desde el inicio del sanctus hasta
después de consumada la consagración de
las especies. Simultáneo al son de los Matachines
se escucha el canto de Maestros y Cantoras, el redoble
del tambor y el timbre de las campanillas que anuncian
la elevación de las sagradas formas, creando esta
concurrencia sonora un ambiente de turbulencia ensordecedora,
no ausente de un misticismo arrobador, en el que se palpa
un acto supremo de adoración.

En ocasiones como la descrita, los Matachines danzan
por espacio de diez a quince minutos. Al terminar la
misa, permanecen dentro del templo, ejecutando sones
que duran de treinta a cuarenta minutos cada uno, con
intervalos cortos de descanso entre uno y otro. Después
continúan sus danzas en el atrio, mientras se
realizan la de los Coyotes junto a la puerta de entrada
de la nave izquierda de la iglesia y al tiempo que
las diversas ramadas albergan a Venados y Pascola en
plena actividad. En fiestas de segunda clase los Matachines
pueden negarse a danzar.
Además de tomar parte en las misas y en las procesiones
no cuaresmales con que se celebran las fiestas del calendario
litúrgico, los Matachines participan también
en los cabos de año, en las exequias, en la ceremonia
anual de cambios de gobernantes y en cualquier otra actividad
de índole religiosa, como por ejemplo, en la bendición
de una nueva capilla.
Los lugares asignados tradicionalmente para la ejecución
de las danzas de Matachines son, en el interior del templo:
detrás de las Cantoras, en la nave central, que
es el mismo sitio asignado a los Chapayeca durante la
cuaresma; fuera del templo: en el atrio, en las ramadas
y en las rutas procesionales.
MUSICA Y CONJUNTO INSTRUMENTAL

La música para estas danzas es producida por un
grupo de dos violines y dos guitarras, aunque en ocasiones
no es posible mantener el mismo equilibrio. Los violines
llevan la melodía a dos voces, mientras las guitarras
ejecutan un acompañamiento consistente en la alternancia
constante de bajo y acorde. Los danzantes acentúan
el ritmo con sonajas y el zapateado.
La estructura formal de los sones de Matachines es
siempre la misma: una sola frase de carácter marcadamente
europeo dividida en dos miembros a-b, que se repite indefinidamente
una y otra vez. La frase musical se inicia con la Tónica.
El segundo violín sigue la melodía del
primero en intervalos de tercera o sexta, pero se cierra
la frase al unísono. No hay cambios de dinamismo,
lo que aumenta la monotonía del son, atenuada
un poco por su aire. El compás es binario con
ritmo tético.
REPERTORIO
Como en el caso de las demás danzas, el repertorio
de los Matachines se encuentra a la fecha completo. Incluye
una cantidad inmensa de sones dedicados a la Virgen María
y a los santos, como por ejemplo: La Guadalupana, San
Francisco, Santa Teresa.
INDUMENTARIA

Los matachines no usan ropas especiales para su danza,
sino sólo complementos simbólicos como
lo son la corona, la sonaja y la palma.
Visten a la usanza del campesino y vaquero sonorense
y calzan las típicas sandalias yaqui. En la cabeza,
asentada sobre un turbante de paliacate, portan una vistosa
corona cónica con cuatro hileras verticales de
círculos de cartón con figuras geométricas
de colores inscritas en ellos, desde la base hasta la
cúspide del cono. De ésta penden abundantes
cintas de papel de colores. En la mano derecha llevan
la sonaja roja o azul y en la izquierda de la palma,
que es un manojo de plumas de colores en forma de hoja
de palma.
Los niños Malinches llevan vestido blanco de
faldón largo, con la blusa bordada y sujeta al
dorso por pañoletas de colores o listones rojos
que les cruzan el pecho y espalda. Sobre el pecho caen
además muchos collares de cuentas de colores.
Les ciñen el talle otros listones de colores brillantes.
Bajo el vestido usan sus ropas ordinarias de niño.
También portan corona, sonaja y palma.
ORGANIZACIÓN INTERNA DEL GRUPO
El grupo de danzantes Matachines forma parte de la organización
eclesial. Constituyen una especie de hermandad u orden
seglar conocido como “los soldados de la Virgen”,
bajo la especial protección de nuestra Señora
de Loreto. El número de miembros es indefinido.

No están sujetos a la obediencia de los Maestros
de la iglesia si no que se rigen por el Monaha que dirige
la coreografía e instruye a los Malinches.
A él corresponde decidir cuándo y dónde
ha da danzar el grupo. Le siguen en jerarquía
los danzantes colocados a la cabeza de cada fila, conocidos
como segundos Monahas. Tras ellos está el resto
de los danzantes y finalmente los niños Malinches.
El conjunto musical carece de jerarquía interna,
así como de carácter sacro. El número
de sus integrantes puede variar, pero lo más usual
es el grupo de cuatro instrumentistas: dos violines y
dos guitarras.
ORIGEN Y SIMBOLISMO
Tanto la música como la coreografía, el
conjunto instrumental y el simbolismo involucrado en
las danzas de los Matachines acusan un origen netamente
europeo.
Los Matachines representan la victoria de los cristianos
en sus luchas contra los moros. Los danzantes de la fila
izquierda portan los guajes rojos como símbolos
del mal, distintivo de los moros, mientras los de la
derecha les oponen los azules, símbolo del bien
que representan los cristianos. El Monaha personifica
al poder real al servicio del culto religioso y guiando
a sus súbditos, quienes llevan simbólicas
coronas de gloria, obtenidas en sus luchas contra el
mal. Las palmas multicolores reciben y saludan festivamente
al Mesías, como otrora sucediera a su entrada
en Jerusalén, días antes de la pasión.
Los Malinches llevan el vestido blanco, emblema de la
pureza de espíritu de los infantes bautizados.
Finalmente el colorido del que hacen gala le imprime
a la danza el carácter alegre y triunfalista que
debe animarla.
El nombre de Malinche dado a los aprendices recuerda
a la indígena de ese nombre, quien con su actuación
a favor de la conquista y su asimilación voluntaria
a la nueva fe y cultura, le merecieron el reconocimiento
español, al grado de ponerla como modelo de la
disposición sumisa, abierta y confiada con que
el indígena debía presentarse ante el colonizador
en aras de la evangelización.
A pesar de todo y aunque, como afirma G. Montell, la
danza de los Matachines corresponda a su forma actual
al tipo europeo de danza de cuadrilla y lleva nombre
mediterráneo, existen evidencias de danzas mexicanas
prehispánicas, que ofrecen similitudes con ésta,
así como algunos elementos autóctonos que
se observan aún en ella. El propio Montell admite
la posibilidad de que el nombre (mattacino) haya sido
importado de Europa y aplicado a una danza ya existente.
Bien pudiera ser ésta como las que describe Francisco
Javier Clavijero.
Eran bellísimas sus danzas. Desde niños
se ejercitaban en ellas bajo la dirección de los
Sacerdotes. Eran de diversas suertes y con diferentes
nombres que expresaban o la calidad de la danza o las
circunstancias de la fiesta en que se usaban. En unas
danzaban en círculo y en otras en filas; unas
eran de solo hombres y en otras danzaban también
mujeres. Vestíanse para la danza los nobles de
los más ricos vestidos; adornábanse de
brazaletes, zarcillos, pendientes de oro, pluma y pedrería,
y llevaban en una mano un pequeño escudo cubierto
de las más vistosas plumas, o un mosqueador de
la misma materia, y en la otra un ayacaxtli, que era
un calabacillo con muchos agujeros y cantidad de pedrezuelas
dentro, que agitaban acompañando su ruido, que
no era desagradable, al son de los instrumentos...
Las danzas menores, que se hacían en los palacios
para recreación de los señores, o en los
templos por devoción particular, en sus casas
o en ocasión de algunas bodas u otro regocijo
doméstico, se componían de pocos danzantes,
formados por lo común en dos líneas rectas
y paralelas que a ratos danzaban con las caras vueltas
hacia una extremidad de su línea, a ratos mirando
cada uno al correspondiente de la otra línea,
o entreverándose los de una línea con los
de la otra y permutando de lugar; a ratos desprendiéndose
uno de una línea y otro de la otra, danzaban solos
en el espacio interpuesto entre ambas líneas,
cesando entre tanto los demás.
Las danzas mayores, que se tenían en las plazas
grandes y en el atrio del Templo Mayor, se diferenciaban
de las menores en el orden y forma, y en el número
de los danzantes.
La danza de los Matachines, considerada generalmente
como hispana por música, el conjunto instrumental
y el simbolismo involucrado actualmente en ella, presenta
sin embargo, elementos prehispánicos, como lo
son la palma, la corona y la sonaja. La coreografía
puede tener también sus antecedentes en las danzas
aztecas descritas arriba y coincidir a la vez con algunas
danzas Europeas.
Parece lógico pensar en la conjugación
de elementos mexicanos e importados del viejo mundo,
y en la transignificación del simbolismo aborigen
en cristiano. De cualquier manera, en el caso particular
de los yaqui, debe tratarse de una danza adquirida tras
la llegada de los españoles al noroeste de México,
pues no se han encontrado fuentes que acusen antecedentes
de este tipo de danza en estas regiones.
LOS MATACHINES ENTRE OTRAS ETNIAS MEXICANAS

Los matachines y sus danzas constituyen una de las manifestaciones
folklóricas más frecuentes en diferentes
puntos del territorio mexicano. En el noroeste y costa
del pacífico encontramos Matachines entre los
Tarahumaras, mayos, Coras; más al sur y con el
nombre de Matlachines, en Aguascalientes, Zacatecas y
algunos Estados del centro del país.
Las danzas de los Matachines entre los Mayos, siendo
las más similares a la de los yaqui, presentan
sin embargo, algunas diferencias. Por ejemplo, la música
suele ser de aire más lento y se inicia con frecuencia
en anacrusa. La indumentaria mayo se ve enriquecida con
una falda corta de franjas tricolores sobre el pantalón.
La corona va ornada de flores. Las variantes se incrementan
en proporción directa a la distancia geográfica
que separa a los yaqui de los otros grupos étnicos
que poseen esta danza.
También se observan danzas de Matachines ejecutadas
por mestizos de muchas partes de México, especialmente
en aquellos lugares donde tuvieron asiento los misioneros
jesuitas de la época colonial. En este caso se
trata de danzas clasificables dentro del folklore mexicano
y no dentro de las danzas religiosas indígenas.
Las danzas de Matachines en México, así como
otras equiparables, requieren de un estudio especial
bastante amplio, que excede a la presente obra.
Bibliografía: Leticia T. Varela R. “LA
MÚSICA EN LA VIDA DE LOS YAQUIS”. Gobierno
del Estado de Sonora, Secretaría de Fomento Educativo
y Cultura. 1986.
DANZA DEL PASCOLA
Muchos historiadores, antropólogos y otros investigadores
que han realizado estudios sobre los yaqui, al aludir
a las danzas, han presentado la del Pascola como parte
integral de la del Venado. En realidad se trata de dos
danzas de diverso carácter que alternan entre
sí formando un ciclo de dos series, A y B, como
se mencionó anteriormente, al describir la danza
del Venado. En ésta, el Pascola baila simultáneamente
con el Maso, al son de la flauta y tambor; en la danza
propia del Pascola , el danzante la ejecuta al son de
arpa y violín, mientras el Maso y sus músicos
acompañantes descansan y observan.

Para la danza del Pascola se sigue el mismo orden de
actuación que para la del Venado, o sea, comienza
con la intervención del cuarto Pascola y continúa
por turnos hasta cerrar la serie con el Pascola mayor.
Después divierten al público con narraciones
cómicas y le obsequian cigarrillos, que de antemano
han colocado en recipientes de barro.
La coreografía de la danza, como en el caso del
Venado, no sigue lineamientos muy fijos. Los danzantes
cuentan con un repertorio de pasos que combinan y modifican
improvisadamente, de acuerdo a su gusto personal y sus
habilidades. Lo esencial de la danza es hacer gala de
la agilidad de pies y precisión rítmica.
El Pascola deja su cuerpo completamente suelto y un tanto
inclinado hacia adelante, y se ocupa exclusivamente de
sus pies y piernas. Con increíble destreza estampa
los pies en el suelo produciendo un complicado contrapunto
rítmico entre el arpa y los capullos-sonaja de
sus piernas: salta, arrastra la planta o la orilla izquierda
o derecha del pie sobre el suelo, camina hacia delante
y hacia atrás, y cada movimiento repercute en
la cadera, de modo que indirectamente hace sonar los
cascabeles del cinturón que lleva puesto. Cada
Pascola trata de competir en habilidad con los otros.
Terminada su actuación, el venado se prepara (se
coloca la cabeza del animal) para entrar de nuevo con
su danza.

La música de estas danzas denota un origen netamente
europeo. Es siempre ágil, como corresponde a una
danza festiva y alegre. Su esquema es sumamente sencillo:
consta de dos parte cortas. A y B, repetidas indefinidamente;
su armonía se restringe al empleo de las tres
funciones tonales básicas, Tónica, Dominante,
y Subdominante. Un mismo son es bailado por los dos,
tres, o cuatro danzantes Pascolas. Cuando el primero
de ellos se cansa, se retira y entra el siguiente, mientras
la música continúa sin interrupción
ni cambio, y así sucesivamente hasta que han bailado
todos, de manera que la duración del son depende
del número de Pascolas que participan y del tiempo
que cada uno quiera permanecer danzando.
CONJUNTO INSTRUMEMTAL
Solo únicamente dos instrumentos los que acompañan
al Pascola: un violín y un arpa, que bien pueden
ser de fabricación doméstica o adquiridos
en el comercio de algunas de las ciudades cercanas. El
arpa o en su defecto una guitarra- es el instrumento
armónico y rítmico sobre el que se tocan
acordes o arpegios, alternando con los bajos correspondientes.
La melodía está a cargo del violín.
A este marco sonoro se suman los capullos de las piernas
(téneboim) y los cascabeles del cinto (coyolim).
INDUMENTARIA

Los Pascolas usan para esta danza la misma indumentaria
que portan al bailar con el Venado, pero suprimen la
máscara y la sonaja sena´aso. La máscara
que llevan sobre el rostro en la danza del Venado, la
colocan ahora hacia un lado, sobre la oreja, o hacia
atrás, en la nuca, y encajan la sonaja en el cinturón,
en la parte posterior de la cadera. De esta forma quedan
los brazos sueltos y las manos libres.
REPERTORIO
Como en el caso de la danza del Venado, el repertorio
del Pascola es también muy amplio y ofrece dificultades
para conocerlo totalmente y catalogarlo. A cada son
se le considera una “alabanza cumplida” a
Dios, a la Virgen María o a los Santos. Abundan
títulos que evidencian esta alabanza, como La
campanita de la Virgen del Rosario, San Martín
Manuelito y otros; pero también hay títulos
que no revelan su función de loa, sino que pintan
el carácter sencillo del alma indígena,
amante de la naturaleza, como por ejemplo: La Matita
de Frijol, El Chichiquelite, La Paloma, El Toro, entre
muchos otros.
El repertorio completo se integra exclusivamente con
sones reconocidos como “tradicionales”, que
siguen pasándose a las nuevas generaciones.
Hasta cuándo abarca la época creativa de
la música “tradicional” yaqui, no
se sabe con certeza. Pero se puede admitir que se haya
cerrado a mediados del siglo XVlll. Después de
la expulsión de los jesuitas en 1767, los yaqui
rechazaron toda novedad que pudiera modificar o sustituir
el acerbo cultural recibido de aquellos primeros misioneros.
Lo “tradicional” quedó así etiquetado
para ser guardado y defendido por las generaciones futuras.
ESCENARIO

El escenario es la misma ramada descrita en el punto
anterior, en la que danza el venado. Sólo resta
ubicar acá a los músicos del .Pascola y
al Moro. Todos ellos se colocan al fondo, junto a la
pared. A la izquierda el Moro, en el centro el violinista
o laabeleo y a la derecha el arpero o aapeo. Se sientan
en sillas o en bancos y no en el suelo, como lo hacen
los músicos que acompañan la danza del
venado. Utilizando el mismo esquema de la ramada dado
arriba, se observan las posiciones
LA MUSICA
ORIGEN Y SIMBOLISMO
Casi todos los elementos de la actual danza del pascola
revelan una procedencia puramente europea. Sin embargo,
si regresamos a la descripción que hace Ferguson
de las danzas del Venado de Nuevo México, nos
topamos con la figura de un bufón-danzante que
salta, hace bromas y narra anécdotas graciosas;
una figura que se antoja a todas luces precursoras del
actual pascola yaqui.

Ahora bien, considerando el mínimo grado de aculturación
de los indios de Nuevo México durante la colonia
y, por lo mismo, pudiendo atribuirsele un origen americano
al bufón-danzante que aún se conserva entre
ellos como figura amoral, sin implicaciones religiosas,
cabría admitir la posibilidad de que los yaqui
tuvieran un personaje semejante en tiempos prehispánicos,
el cual, una vez llegados los misioneros, asumió caracteres
que anteriormente le eran ajenos y se polarizó en
funciones diversas. Quizá así resultara
explicable que de la otrora fuera una misma danza, surgiera,
por un lado, la danza del venado, en la que el Pascola
asume el papel de diversos personajes y, por otro lado,
quedará como danza independiente la propia del
bufón, pero cargada ahora de un nuevo simbolismo:
el símbolo católico de los jesuitas. Todo
esto no excluye, sin embargo, otra posibilidad bien distinta,
o sea, la de que el danzante-bufón, que proliferó en
Europa desde antes del renacimiento y aún después
de él fuera traído, con todo y sus danzas,
a tierras novohispanas.
La alusión más antigua que se registra
sobre el Pascola yaqui y su danza data de 1849, escrita
por José Agustín de Escudero. Dice este
autor refiriéndose a las fiestas yaqui:
Su espectáculo favorito es el que presenta un
bufón despejado, y si no ingenioso, maligno y
agudo, que divierte con sus dichos y gestos aun a los
que no saben su idioma, y salta y danza al compás
de un pito y tamboril en los ratos que no tiene nada
que decir. Este baile se llama del Pascola, por que se
celebra con mas particularidad en los días de
pascua.
El que lo desempeña se cubre con una máscara
muy deforme que lleva en la cara, y sonajas en los pies,
brazos y cintura, y una sola en la mano con que acompaña
a la música llevando el compas…se buscan
por lo regular hombres de edad, de ingenio, que sepan
referir o inventar anécdotas o cuentos morales
o satíricos a su auditorio, haciendo variar la
diversión, que de otro modo sería monótona
y fastidiosa.
El violín y el arpa son instrumentos comunes entre
los yaqui y mayos, y los tañen y acompañan
armoniosamente; lo que prueba. el gusto de estos indígenas
por la música y que este gusto no es nuevo entre
ellos. J. A. de Escudero, Noticias estadísticas
de Sonora y Sinaloa. Facs.,México 1849.
En esta descripción Escudero mezcla elementos
de los dos tipos de danza de Pascola, en su versión
actual. Menciona un “pito y tamboril” como
instrumentos acompañantes de la danza, así como
la sonaja (¿sena´aso?) que lleva en la mano
y la máscara, elementos de la actual danza del
Pascola, como sucede en la actualidad. Por otra parte,
deja ignorada por completo la danza del venado.
Esta cita es, pues, poco precisa. No permite concluir
si se han introducido o no cambios de importancia en
la escenificación de las danzas de 1849 a la fecha.
Sin embargo, documenta la existencia del personaje Pascola
a mediados del siglo pasado y lo describe con las mismas
características, funciones e indumentaria que
conserva aún inalteradas después de más
de un siglo.
LA DANZA ENTRE OTROS PUEBLOS INDIGENAS

Fuera de los mayos, Guarijíos y Pápagos
en Sonora, y de los tarahumaras en Chihuahua, no se tiene
noticia de danzas de Pascola entre otros grupos indígenas
del país. Sólo se puede proponer las danzas
de los indios pueblos de Río Grande citadas arriba
como precursoras o paralelas de las de los yaquis. Los
escasos indicios con que se cuenta sugieren un área
de difusión muy reducida para esta danza, que
va de norte a suroeste, esto es, de Nuevo México
hasta el norte de Sinaloa, pasando por Arizona, Sonora
y el lado occidental de Chihuahua.
Las investigaciones musicológicas realizadas
hasta hoy en el noroeste, centro y sur de México
no revelan la existencia de esta danza o su equivalente
entre otros indígenas. Quizás su difusión
no excedió los límites señalados
o tal vez se le localice en otras partes en futuras investigaciones.
BIBLIOGRAFÍA: LETICIA T. VARELA R, “LA
MUSICA EN LA VIDA DE LOS YAQUIS”, Gobierno del
estado de Sonora, Secretaria de fomento Educativo y cultural,
1986.
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